Mírese desde el ángulo que se quiera, la agricultura europea en general y la española en particular se están viendo sometidas a cambios rápidos, a veces difíciles de predecir, que obligan a replantear muy a menudo las estrategias de producción, conservación y transformación de alimentos y otros bienes relacionados. Si la agricultura no puede responder con rapidez a las cambiantes condiciones económicas, sociales, comerciales, tecnológicas y medioambientales que están teniendo lugar en el mundo, se puede ver impedida de reaccionar eficazmente a las demandas crecientes de productividad que desde siempre le ha exigido la humanidad para alimentar a una población creciente en número y en capacidad adquisitiva. Hemos exigido a la producción agrícola ir más allá del suministro de alimentos, fibras y otros usos menores. Hoy en día pretendemos que, además de su papel tradicional, la agricultura sustituya a los carburantes fósiles por biocombustibles, desarrolle productos farmacéuticos a un coste razonable y mitigue algunos de los problemas ambientales que la indolente sociedad moderna ha ido generando durante las últimas décadas. Cualquier aumento global de la productividad agrícola anual por debajo del 2% no nos va a permitir responder a estos retos con la equidad adecuada a las mínimas exigencias éticas de las sociedades modernas y avanzada (Currie 2007).

 

Entre los caminos más realistas para aumentar la productividad agrícola está la reducción de las pérdidas de cosecha que actualmente afectan a la agricultura, que se han cuantificado en dos terceras partes del rendimiento potencial que se podría obtener sin el efecto nocivo de las plagas, enfermedades y malas hierbas que inciden sobre los cultivos más importantes para la alimentación y la industria en el mundo (Oerke 2006). Y el camino por recorrer por la Sanidad Vegetal es todavía considerable, si tenemos en cuenta que el mismo estudio concluye que con los métodos de control disponibles solamente se consigue evitar la mitad de esas pérdidas, es decir, los métodos de control que se aplican hoy en día en el mundo en aquellos mismos cultivos tienen un insuficiente nivel de eficiencia del 50%. Un viejo aforismo enunciado a finales del siglo pasado dice que, al final de la segunda mitad del siglo XX y en comparación con cincuenta años atrás, cuando se inició la carrera de síntesis y uso de productos fitosanitarios, multiplicamos por 10 la cantidad de productos fitosanitarios consumidos en la agricultura mundial mientras que doblamos las pérdidas debidas a los agentes nocivos (Yudelman y col. 1998). Con esta conclusión nos podemos interrogar acerca de la sostenibilidad con que afrontamos el objetivo de reducir las pérdidas de rendimiento causadas por plagas, enfermedades y malas hierbas en los cultivos. Parece que queramos llenar un depósito de agua que necesitamos en cantidad creciente, abriendo cada vez más el grifo sin preocuparnos por reparar los agujeros que van aumentando en número y tamaño a medida que lo abrimos con mayor profusión; llega un momento que es más rentable y sostenible reparar los agujeros (las pérdidas) que pretender aumentar el caudal de entrada, que, por otra parte, sabemos finito.

Las consideraciones anteriores nos llevan a plantear una reflexión acerca de las debilidades, amenazas, fortalezas y oportunidades de la Sanidad Vegetal en España, las cuales, por otra parte, comparte en buena medida con otros países europeos occidentales. La experiencia y vivencias durante más de cuatro decenios de profesión docente e investigadora en la universidad en las disciplinas nucleares de la Sanidad Vegetal han permitido a los autores haber contrastado y discutido con muchos colegas esas reflexiones.

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