Esta semana, Phytoma nos daba la buena noticia de que el español Gabriel Ferrero, profesor de la Universidad Politécnica de Valencia, ha sido nombrado presidente del Comité de Seguridad Alimentaria Mundial de Naciones Unidas, cuyo interés prioritario, según él mismo declaraba, es acabar con el hambre en el mundo (Hambre cero). Para producir los alimentos necesarios mediante una agricultura sostenible, diversos organismos internacionales dedicados a la agricultura y al comercio propugnan una serie de medidas tales como incrementar la producción de leguminosas, disminuir la ganadería, rediseñar el sistema alimentario para evitar el desperdicio de alimentos, etc., propuestas que coinciden con las proclamas que diversos partidos políticos y grupos identitarios pregonan continuamente en los medios de comunicación y que en resumen son: alimentos nutritivos para todos y producidos mediante una agricultura exenta de agroquímicos.


La sociedad lleva mucho tiempo escuchando que el progreso de la Humanidad se ha debido, en lo científico, a fogonazos de genialidades y, en lo político, a revoluciones. Y es cierto que esos fogonazos han existido, pero mucho antes, muchísimo, ejércitos de personas anónimas han dedicado su vida y sus afanes a ellos. Se atribuye a Newton la frase: “Si he podido ver más allá es porque me encaramé a hombros de gigantes”, y el doctor Blanco Fernández, verdadero padre de la patología vegetal, afirmaba: “El entendimiento humano no sobresale tanto en la razón que forma como en lo que reconoce”. Pero desgraciadamente, y sin que sepamos muy bien por qué, lo que realmente comprobamos en la Historia –el verdadero progreso es fruto del tiempo y esfuerzo de muchos–, ha sido sustituido por la idea pueril de que esos avances de la civilización han sido consecuencia de las ‘revoluciones’, una ingenuidad que es fácil de asumir por las masas, que creen esta película: un día había pobreza, ignorancia, tristeza… llegó la revolución, y al día siguiente todos se convirtieron en ricos, sabios y felices. Asumida la proposición, la respuesta es inmediata y enfervorizada: “¡pues hagamos revoluciones!”.

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