Los ecosistemas forestales se han visto cada vez más afectados por la aparición de nuevas enfermedades infecciosas (EID, por sus siglas en inglés) en las últimas décadas. Las EID son inducidas por patógenos que provocan pérdidas de biodiversidad, reducen los servicios de los ecosistemas y la producción de madera. El cambio global es el principal factor en la aparición de EID, en particular de invasiones biológicas que se producen esencialmente como consecuencia del aumento de los intercambios internacionales y del cambio climático. Se sabe que las enfermedades de las plantas, ya sean causadas por hongos, oomicetos o bacterias, dependen en gran medida del clima. Por tanto, es esencial analizar la magnitud del cambio climático con respecto al impacto global patógeno al que se enfrentan nuestras masas arbóreas.

Un factor que se señala con frecuencia es la rápida evolución y dispersión de los patógenos, frente a los huéspedes perennes. De hecho, la mayoría de los microorganismos tienen un ciclo de vida corto, de aproximadamente un año y, por tanto, un potencial alto de adaptación a un nuevo entorno. La capacidad de los patógenos para superar una resistencia seleccionada por fitogenitistas es un buen ejemplo de este potencial de adaptación. No obstante, cabe notar que se conocen pocos ejemplos de patógenos que se adapten a las nuevas condiciones climáticas. La gran capacidad de dispersión está mucho mejor documentada. Existen datos de propagación de patógenos invasores de unos 20-100 km al año (Evans, 2016). A pesar de esto, las poblaciones de patógenos a menudo no colonizan todo su posible nicho climático, debido a la fuerte barrera existente contra la dispersión, en particular entre continentes. Nuestras especies arbóreas forestales, caracterizadas por la larga duración de los cultivos —de aproximadamente 50 a 130 años—, tendrán que enfrentarse a comunidades de patógenos que reaccionarán mucho más rápidamente a las nuevas condiciones ambientales.

La diversidad y la plasticidad de los bosques son activos importantes en la adaptación a este nuevo clima. Se ha demostrado que la mayoría de las especies arbóreas presentan una gran diversidad genética (Lefèvre y col., 2014) que les permite adaptarse a un medio ambiente cambiante, en particular durante las etapas jóvenes. Sin embargo, la capacidad de adaptación tiene sus límites. Un cambio climático muy rápido podría causar en poco tiempo daños en rodales de árboles seleccionados en condiciones climáticas y comunidades patógenas diferentes. Desde hace 15-20 años, los estudios han documentado diversas evoluciones de enfermedades de los árboles relacionadas con el cambio climático.

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