La propia humanidad está empujando al planeta a unas condiciones en las cuales una de las formas de vida que no serán posibles es la humana. Desde la aparición de los primeros homínidos hasta la actualidad, la injerencia del ser humano en los procesos naturales ha crecido de manera exponencial. Este hecho ha dado lugar a la era del Antropoceno, dominada por el cambio global, que incluye al cambio climático y a las numerosas alteraciones humanas del medio ambiente. Para comprender los impactos del cambio global es preciso analizar las interacciones entre todos los procesos y factores que se ven afectados directa e indirectamente por las actividades humanas. La incidencia humana sobre el ciclo hidrológico global resulta de la combinación de cambios en el consumo directo del agua, la alteración de la escorrentía superficial y de la modificación del clima del planeta. Un caso paradigmático de cambio ambiental multifactorial en el que el ser humano compromete su sostenibilidad es el de los polinizadores y la agricultura, en especial el declive de la abeja doméstica, responsable de más de un tercio de los alimentos de la humanidad.

Nos encontramos en un momento delicado en la historia de la humanidad. Lo paradójico es que es la propia humanidad la que está empujando al planeta a unas condiciones en las cuales una de las formas de vida que no serán posibles es la humana. El primer impacto humano global en el planeta ocurrió hace unos 50.000 años con la extinción de la megafauna del Pleistoceno. Aunque el ser humano ha estado modificando localmente el medio natural durante decenas de miles de años, es con la ‘revolución neolítica’, que trajo agricultura, ganadería y asentamientos permanentes, cuando la huella humana se hace conspicua y realmente global.

Está bien comprendido por los científicos y bien asimilado por la sociedad que nuestra emisión de gases con efecto invernadero, especialmente el CO2 que liberamos por la quema de combustibles fósiles, está detrás del calentamiento global y las alteraciones climáticas asociadas. Pero hace ya más de 8.000 años que comenzamos a alterar el CO2 atmosférico y esa temprana huella global es detectable y medible. Las migraciones humanas llevaban asociado ya en la prehistoria el transporte voluntario o involuntario de micro y macro-organismos y de sus formas de resistencia (semillas, esporas, huevos, propágulos en general). Cada gran movimiento migratorio y cada campaña militar de conquista de nuevos territorios que tuvo lugar en los tres últimos milenios estuvo asociado a la movilización no solo del trigo, la alfalfa, la palmera, la cabra o el cerdo sino también de las ratas, el virus de la gripe, las chinches, las llamadas ‘malas hierbas’, las cucarachas o la lepra. Como todo proceso relacionado con el cambio global, la evolución temporal de estas ‘invasiones biológicas’ ha sido exponencial. En la actualidad tenemos varios centenares de especies exóticas, desde cotorras argentinas hasta mosquitos tigre, acacias, mejillones cebra, cangrejos rojos, ailantos, hierbas de las pampas o tortugas de Florida, que se han establecido en miles de zonas del planeta por acción del hombre y que están afectando al buen funcionamiento de numerosos ecosistemas y causando importantes pérdidas económicas e impactos en la salud humana.

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