La producción agrícola está estrechamente relacionada con la temperatura y las precipitaciones y, por tanto, es vulnerable al cambio climático. La mayoría de los estudios sobre el impacto del cambio climático en la producción agrícola utilizan modelos de cultivo a fin de valorar el rendimiento en los escenarios previstos para el futuro. Otros observan las tendencias del rendimiento de los cultivos en las últimas décadas e intentan diferenciar entre los beneficios obtenidos gracias a efectos genéticos y los provenientes de efectos agronómicos o climáticos. Existen, además, investigaciones en torno a las impresiones de los agricultores sobre los cambios, que se basan en la experiencia personal de estos. Independientemente de la incertidumbre existente, las tendencias generales señalan grandes impactos en el futuro, frente a los pequeños del pasado atribuibles al cambio climático.

En el sur de Europa se esperan impactos negativos por el aumento de temperaturas y la disminución de precipitaciones, que no se verán contrarrestados por el incremento de CO2. A la inversa, en el norte y el oeste hay expectativas de efectos beneficiosos gracias al aumento de las temperaturas y a la prolongación del período de crecimiento. La agricultura tendrá que adaptarse a los cambios; las estrategias posibles se estudian típicamente con modelos de cultivo; no obstante, la adaptación debe tener en cuenta el contexto socioeconómico local a la hora de desarrollar alternativas viables. En este proceso, las políticas de la UE desempeñarán un papel clave para lograr el éxito.

La temperatura del aire y las olas de calor han aumentado en Europa (IPCC, 2014), y parece que se aprecian cambios mayores en relación con la variabilidad natural, probablemente un reflejo de origen antropogénico (Moore y Lobell, 2015). Las fluctuaciones variables de las precipitaciones no permiten establecer una relación clara con este fenómeno; sin embargo, sí se ha observado una mayor frecuencia de episodios extremos y un cambio de patrones según regiones.

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